
Reforma integral de una vivienda en una finca del siglo XIX del Born. La intervención restaura lo que el tiempo había sepultado —cornisas, porticones, el parquet de espiga— y lo envuelve en un único gesto cromático: un terracota arcilloso que baña paredes, techos, molduras y carpinterías, devolviendo a las estancias su escala ceremonial.
Sobre ese fondo continuo, la cocina se integra como un mueble más: frentes lacados en el mismo tono, encimera y aplacado en piedra beige apomazada y grifería de latón sin lacar que envejecerá con la casa. La luz de la calle, tamizada por los porticones, recorre a lo largo del día todos los matices del barro.

El drenching sube hasta la cornisa; espiga restaurada y porticones originales.
El armario empotrado desaparece en el mismo tono.

“El color deja de ser acabado para convertirse en espacio.”





